
Hace bastante calor en Madrid. Entro a tomar un refrigerio en el café Puerta del Sol, en la calle de Carretas. Una chica apura un pincho de tortilla y una caña, yo pido una sin bien fría. El camarero, parco en palabras, me sirve. De pronto, un grupo de unas ocho personas entra en el bar; el camarero desaparece detrás de la barra durante unos segundos y como por arte de magia, se clona a si mismo, se desdobla, pudiendo así atender con mayor celeridad. El clón es perfecto, valga la redundancia, las camisas salmón, los pantalones negros, el rostro, la actitud, todo. La chica, y yo que ya alucinábamos, no pudo resistirse y preguntó, atragantada con el último sorbo:
-¿ sois dos, verdad?
Los camareros se han sonreído, y uno ha asentido levemente con la cabeza.
¿ qué pasaría si entrase en el bar, una excursión de cuarenta personas?
¿cuántos camareros clones, pueden salir de esa barra?
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